lunes, 6 de mayo de 2019

Metallica | Una M y una A

Estadio Lluís Companys, Barcelona


¿Qué es esta sensación gloriosa de caminar sola el eje casi rectilíneamente perfecto entre Plaza de Espanya y mi casa escuchando el Live Sh*t: Binge & Purge? Camino intentando revivir lo recién acontecido, prolongando la intensidad, cantando mirando el eco de mi sombra por calles tantas veces recorridas, observando el conocido vaivén y cadencia de mis pasos seguros, mi cabeza alta y las manos en los bolsillos o tocando acordes en guitarras y baterías imaginarias; acordes que desconozco pero que la vida ha confirmado más de una vez que parezca que sepa perfectamente cómo se llaman. Mirando desafiante al frío viento de una noche barcelonesa de mayo, me pregunto qué es esta sencilla pero desbordante satisfacción y libertad de huir de tu asiento asignado para encaramarte a una barandilla al final de tu sector, a pie de escalera, a las ocho de la tarde y no soltarla hasta casi cuatro horas después; defendiéndola con los pies separados y bien clavados en el suelo acotando, por lo menos, un metro cuadrado de espacio vital. ¿Qué hay mejor que encontrar un lugar en un sitio con miles de personas en el que parezca que estás tú solo ante el sonido, solo ante reiteradas frecuencias de tu imaginario?

Hace unos veinte años, Metallica -y ese S&M- me abrieron las puertas de un universo desconocido, un sub-universo de uno de los que mi madre me había presentado en formas diferentes y anteriores; y también en muchos de sus orígenes e influencias percursoras ya que, cuando ellos se ganaban su merecido lugar en la historia musical, ella estaba ocupada intentando que una niña de pocos años le dejara escuchar a Deep Purple, Uriah Heep, Simple Minds o Dire Straits en el coche. Diez años después For Whom The Bell Tolls sonaba bien fuerte en el mismo coche por decisión conjunta. La vida y sus vueltas. 

Metallica no serán probablemente los mejores representantes para muchos ni del heavy, ni del metal, ni del thrash, ni de nada. Metallica para muchos otros sólo serán un logotipo que han visto infinidad de veces en los lugares más inverosímiles (incluso en camisetas de los imperios textiles más conocidos). Para algunos, sorprendentemente, serán un nombre que no activa ningún tipo de mecanismo cerebral. Y para otros, como yo, es posible que también hayan sido la puerta a la maravillosa heterogeneidad de la "metalurgia". 

En un momento del concierto, James Hetfield reflexionaba sobre lo sorprendente y agradable que es tener a personas escuchando canciones que escribió hace treinta y ocho años. Y sí, es sorprendente. Pero supongo que no hay mejor motivo que ese para seguir haciéndolo. Y esa cifra, esos casi cuarenta años de escenarios, son los que harán que, hasta el día que decidan que las campanas doblen por ellos, merezca la pena quedarse hipnotizado hasta el último segundo después del protocolario reparto de púas y baquetas, de los saludos y agradecimientos de cada uno de ellos, de las pantallas con un mensaje e imágenes personalizados en función de la ciudad. Ese histórico de escenarios mastodóntico es el que consigue que nadie -nadie de los que tenemos un mínimo de respeto por la música- decida moverse hasta que las luces del estadio se enciendan confirmando oficialmente el final. Cuando alguien es un profesional del escenario, cuando uno entrega lo que hace a ese espacio y lo lleva haciendo prácticamente toda la vida, ni la pésima acústica en la distancia del Estadi Olímpic puede ensombrecerlo. 

Gran despliegue de festival, una M y una A presidiendo el escenario. Esa M de estrella ninja, de grafiti de mesa, de recurso fácil de dibujar para buscar camaraderia musical. Hay que tener mucho valor para ser teloneros de un grupo así. Pero aún con este pequeño hándicap, y sin los mejores ajustes acústicos, Ghost presentan un directo interesante. Tampoco especialmente cautivador en estas circunstancias -y distancias- pero correcto. Seguramente, este, no era el momento. 

It's A Long Way To The Top de AC/DC, como en ocasiones anteriores, anuncia los minutos antes de apagar las luces y, casi doce años después de aquel primer segundo personal, vuelven a apagarse con Ecstasy of Gold. Ecstasy of Gold y una marea de pantallas luminosas. Es desoladora la desconexión global que se siente cuando un alto porcentaje del personal que te rodea está más interesado en retransmitir en directo lo que está viviendo en lugar de estar en el absoluto presente. 

"Mira al frente", me digo. Y me concentro desde ese momento únicamente en defender con pies firmes y manos agarradas a los barrotes mi metro cuadrado de universo donde lo único que existe e importa soy yo, Metallica, una M y una A que cambian de color y los efectos en mi cerebro de frecuencias conocidas y desconocidas. Evitando, como bien puedo, escuchar las conversaciones que me rodean de banalidades absolutas de personas que, asumo, han pagado por la entrada algo más de lo que cuesta pasar la tarde en un bar o en los aledaños del recinto escuchando música de fondo. 

El viento, y la falta de replicas suficientes de altavoces, hace que el fondo del estadio quede ciertamente excluido del sonido más nítido que, espero, se pudiera percibir desde la mesa de sonido. Hardwired abre el espectáculo; y es una buena prueba de fuego. Una canción para mi, más o menos, desconocida. Y aún desconocida, aún sin ese lugar y surco tallado en el recuerdo acústico del cerebro, suena muy bien. Desde esa objetividad certificada que da el desconocimiento sonoro, el metro ochenta y cinco de Hetfield se planta con su característica pose, uno de los elementos que lleva casi cuarenta años otorgándole la gran personalidad escénica que tiene. La fuerza, la energía, la voz, la guitarra. Él. Y ante eso, ante esa seguridad y contundencia escénica, por suerte, los pequeños avatares del sonido -y los vecinos, sobre todo los vecinos- en ubicaciones más desafortunadas se convierten en minucias y lo único que importa es la música. 

Imagino que no es fácil hacer un setlist, menos aún llevando tanta carretera a las espaldas. Inevitablemente, ver a Metallica implica volver a ver un cincuenta por ciento -¡o más!- del setlist que vieras la última vez (aunque hayan pasado diez años desde la última vez que los viste, como es mi caso). Pero aún así, cuando suena The Thing That Should Not Be o Frantic (!) sabes que ese es el pequeño "tic" que hace la diferencia. No haber tocado esas canciones desde hace muchos años, por pequeño que sea, es uno de los motivos que hace que valga la pena estar ahí en ese momento irrepetible. Momentos así son los que me han hecho más de una vez -y las que, supongo, quedarán- seguir giras; los mismos momentos que otros, pudiéndolos hacer únicos, eligen, voluntariamente, hacerlos rutinarios. 

Desde mi parcela, este es el concierto de Metallica que más he disfrutado de las cuatro veces que los he visto: con aire que respirar, con frío, sin vecinos demasiado cerca. Hetfield y yo. La M, la A y yo. Yo y veinte años de música que me han acompañado en una extensa colección de vicisitudes. Y sí, siempre que pueda, volveré. Y esto, a pesar de la cantidad de conciertos de mi historial y de tanta música tan diferente que venero y utilizo reiteradamente como endógena fuente de todo tipo de "-inas", no es algo pueda decir tan a menudo. 

No sabría si aventurarme a afirmar que ver a Metallica es una experiencia para todo el mundo que aprecie la música sin saber con seguridad si el sonido era mejor en un lugar más adecuado pero, desde la perspectiva que dan un historial de cuatro experiencias suyas, creo que puedo atreverme y no equivocarme. 

Eso sí, quizás la próxima experiencia la valoro en un lugar donde la gente tenga más respeto por la música, pagando lo que hayan pagado por la entrada. Y que, sea cual sea el desembolso que hayan hechos, no sea Enter Sandman, por desgracia y con toda la tristeza que pueda expresar, la única canción que los levante en masa de sus asientos. Ni tampoco lo sea la anterior: Nothing Else Matters. Ambas, como no, con riadas de pantallas (en paz descansen los mecheros). Sinceramente creo que cualquier persona que le gusten Metallica desde un lugar similar al que me gustan a mi, si todo se acabara cataclísmicamente mañana, jamás elegiría estas dos canciones como epitafio. Los vecinos incómodos, seguramente sí.

"Take a look to the sky 
just before you die,
it's the last time you will"
 - "For Whom The Bell Tolls", Metallica.


PD: Al acabar de escribir todo esto me doy cuenta que hoy era el día de la madre y que, casualmente, la M y la A que presidían el escenario son las iniciales del nombre de la mía; y repican las campanas.

martes, 12 de junio de 2018

Simple Minds | Alive and kicking

Jardines de Pedralbes, Barcelona

Coche. La palabra coche me hace pensar en felicidad, en tranquilidad, en un amplio abanico de momentos y, siempre, en música. Me hace pensar en un Golf IV azul marino; mi coche si hablamos de propiedades materiales. Pero también en un Peugeot 405 color burdeos; mi coche si hablamos de otras propiedades mucho más allá de lo material. 

El Peugeot 405 tenía un compartimento entre los dos asientos delanteros -que se abría con una tapa de bisagra hacia arriba- donde cabían seis o siete cassettes (y desconozco si el fin de este compartimento era este u otro). Prácticamente, durante los siete primeros años que, aún sin saber ni poder conducirlo, ese fue mi coche, las cassettes de ese compartimento iban complementándose con las de la guantera. Sin embargo, hay cinco cassettes que siempre estuvieron allí: una con franjas azul, amarillo, rojo, un reloj, una calavera, una copa y varias personas (*); una gris efecto mármol con el título en mayúsculas negras sobre un rectángulo rojo en la parte superior (**); otra azul claro con una guitarra plateada -aunque durante mucho tiempo yo creyera que era un parquímetro extraño- (***) y dos misteriosas cassettes negras exactamente iguales -excepto por un 1 y 2 en sus laterales- con un corazón, una corona, dos manos a los lados y unas letras en las que, para mi, solo era fácil leer "LIVE" y, algo más pequeño, "In the city of light".

Por motivos difíciles de conocer con precisión tantos años después, a mis oídos le encantaban la primera ("it's easy to learn as your ABC", "tea in the sahara with you") y la segunda ("y no sé porqué tuve que marchar", "mi nombre es Juan Antonio Cortés"). Sentía también una devoción, convertida ahora en un escalofrío profundísimo en mi memoria, por el primer minuto de una canción ("Walk of Life") de la tercera cassette pero había algo en las cassettes "LIVE" que, para mi, no era como las demás. No sabría decir si me gustaba o no me gustaba; quizás la palabra exacta es que me sobrecogía, me imponía respeto. Y aún hoy lo hace. 

En esas cassettes negras, con ese únicamente inteligible "Live - In the city of light", no había sólo música: había gente cantando, emocionada, aplaudiendo, coreando; había una batería contundente, guitarras, una voz con una energía descomunal, unos coros femeninos, canciones de más de tres minutos. Sé que yo no las cantaba, no me era fácil imitar ninguna frase más allá de algún "lalala" pero, aún así, cada melodía, cada riff de cada una de las catorce canciones de estas dos cassettes se quedaron grabados en surcos profundos de mi memoria. A pesar de que, según mi madre, esa fuera la cassette de todas -no solo de las del coche- que menos me gustaba. Tenía entre cinco y ocho años y un mundo musical por descubrir (sobre todo, gracias a ella). 

Analizándolo desde ahora, con la perspectiva de los años, pienso que, seguramente, la música que esas dos casettes negras me transmitían es exactamente la misma sensación que me trasmiten ahora: un escalofrío, una sensación intensa que, aún estando más acostumbrada a vivirla, no deja de sorprenderme. Supongo que las regiones de mi cerebro que activa la música se empezaron a conectar en algún momento, quizás incluso antes de que naciera. Supongo que la sensación de escuchar ese directo era demasiado intensa para poderla asimilar sin experiencia. Y sobre todo, supongo, que la primera vez que se experimenta tal sensación -como cualquier otra emoción fuerte- no es fácil de asimilar. Ahora me doy cuenta que, en esas dos casettes, sin saberlo, estaba el trailer de uno de los momentos que cambió radicalmente el curso de mi vida: casi diez años después, comenzando el camino de mi "chifladura musical", experimenté por primera vez un concierto en directo. Y ese día se comenzó a forjar una curiosa adicción por estas vibraciones acústicas más allá de casettes, CDs, coches, radiocasetes, walkmans, discmans y cualquier otro formato diferido. Después de ese día escuché bastante a menudo esas cassettes negras con una nueva fascinación. 

Esta curiosa adicción y este largo historial de heterogéneas aventuras musicales me ha llevado hoy a los jardines de Pedralbes a ver a Simple Minds. En más de una ocasión he vuelto al asiento de atrás de aquel Peugeot 405 color burdeos, sentada en mi alza de porexpan con funda gris, mirándome cantar en el retrovisor central mientras mi madre conducía. Simple Minds era uno de sus grupos favoritos y sentía una especial devoción por este disco en directo. 

Mientras Jim Kerr cantaba, repitiendo esos gestos que lleva casi cuarenta años paseando por escenarios de todo el mundo, mientras yo me movía al ritmo de ese sonido de batería y esos riffs, además de volver a esas huellas profundas en el cerebro que la música es capaz de grabar mejor que cualquier otra experiencia humana, imaginé otra capa superpuesta a la realidad. Mirando a un lugar a unos veinte metros de mí, en uno de los pequeños balcones de la tribuna central -sin quitarle la vista a nadie- la vi apoyada en la barandilla. Con su abrigo negro largo, con unos vaqueros y unos botines, con un pañuelo al cuello, con su flequillo y sus pelos rubios cortos hacia arriba por detrás, fumando y moviendo el pie derecho al ritmo de la música. La observé, la vi mirarme, la vi sonreirme. Sonreí al vacío. En un escalofrío musical mi sonrisa se mezcló con una lágrima y me sentí feliz por muchas cosas a la vez. Y una de esas cosas era la imagen de esas cassettes negras en el compartimento entre los asientos delanteros de un coche que siempre será "mi coche". 

Mi madre nunca vió a Simple Minds en directo. Me gusta pensar que hoy sí. 

"[...] don't you forget about me".-


(*) The Police - Synchronicity
(**) La Frontera - Rosa de los vientos
(***) Dire Straits- Brothers in arms

sábado, 3 de marzo de 2018

Maria Arnal i Marcel Bagés

Teatro Tívoli, Barcelona

Entradas agotadas. Colas a izquierda y derecha de las puertas del teatro Tívoli a apenas cinco minutos de la hora prevista del inicio del concierto. Siempre impresiona ver un teatro lleno. Unos quince minutos más tarde de las nueve de la noche se apagan las luces y el telón rojo se retira. En el escenario, sobre un fondo blanco que irá reflejando distintas luces de colores a lo largo de la noche, aparece Maria en el centro, en una silla de madera y Marcel a su izquierda. Aparecen como dos siluetas con un fondo rojizo al mismo tiempo que "45 cerebros y 1 corazón" da comienzo al concierto y nos prepara para el espectáculo íntimo e intenso que está por venir. 

El aplauso cálido y emocionado al acabar el primer tema se repetirá a lo largo de la hora y media que durará su despliegue de calidad musical. Maria explica el origen de esta canción que da título a su primer disco: balas de fusilamientos franquistas crearon agujeros en cuarenta y cinco cerebros por los que se filtró el agua durante ochenta años permitiendo conservarlos prácticamente intactos. Junto a los cuarenta y cinco cerebros también se encontró un corazón conservado, sorprendentemente y sin apenas precedentes, de forma natural. Estos restos aparecieron en una fosa en La Pedraja (Burgos) en un hecho de tantos otros que invita a reflexionar, a rascar la memoria, a buscar debajo de lápidas, tierras y alfombras. Un hecho que, a pesar de la desgracia, ha tenido como resultado la inspiración para la música, letras y fuerza hipnótica de este disco. 

Las metáforas y simbolismos del hallazgo de esos cuarenta y cinco cerebros y un corazón, la memoria en todas sus formas, sentimientos universales y pinceladas reivindicativas y de crítica social son algunos de sus hilos argumentales. Pero lo verdaderamente interesante de la poesía y la música, tanto la original de Maria como la prestada de otros como Joan Brossa, Ovidi Montllor, Hector Arnau o Vicent Andrés Estellés, es que admita y consiga la libertad de escucha e interpretación de cada persona para crear su propio imaginario. 

A lo largo de la noche aparecieron una a una todas las canciones de su primer álbum junto con las de su EP "Verbena". Interpretaron también dos temas inéditos: una versión de "Miénteme" del Niño de Elche y una nueva canción, "Big Data", que describe un mundo conocido en el que los datos, tal y como reza la letra, "serán nuestros fósiles" y que, además, crea muy buenas expectativas en su próximo disco. 

Juegos de luces oscilando entre colores cálidos y fríos, sombras e intervalos de luz y oscuridad. Sombras en movimiento en el fondo creando un efecto de figuras etéreas y sirviendo de acompañamiento inmejorable a la voz y las guitarras. Conexión con el público que aplaudió cada tema con emoción aunque arrancándose sólo a cantar los coros de "Canción Total" por petición de Maria. Aplausos que reclaman y consiguen dos bises. Todo el teatro en pie al finalizar el concierto. Se cierra el telón, se encienden las luces y suena "Stars" de Nina Simone mientras la gente abandona sus asientos. 

Un gran concierto, sin duda. Uno de esos conciertos en los que el salto cualitativo entre el sonido del disco y el directo es tan grande que te hace sentirte afortunado de haber vivido un momento irrepetible. Hay un abismo entre las sensaciones que transmiten estas canciones grabadas en estudio y las que evocan escuchadas en directo y poder construir ese abismo no está al alcance de cualquiera. En directo, la fuerza de la combinación de la voz de Maria y la guitarra de Marcel -y David Soler en varios temas- atraviesa la piel, atraviesa el cerebro y el corazón como balas figuradas que abren surcos inolvidables en la memoria musical.

jueves, 16 de marzo de 2017

Hindi Zahra

Sala BARTS, Barcelona

Hay experiencias musicales que te dejan indiferente, otras en las que, a pesar de que todo sea casi perfecto, hay algún tipo de "pero" o momento que no está a la altura de las circunstancias. Pero, sin embargo y, por suerte, hay otros, pocos, muy pocos, que son sencillamente sublimes, perfectos de principio a fin, sin ninguna nota, literal o metafóricamente, discordante. Un 10. Un 11 si hace falta dejarlo más claro aún. 

Una de esas canciones recomendadas en función de los gustos de los usuarios en una lista de reproducción semanal de una conocida aplicación musical me descubrió a Hindi Zahra hace un año aproximadamente. Una voz con fuerza, con toques de jazz y blues, de años veinte y cincuenta, de locales con olor a incienso, shisha y luces rojizas. Acompañada por una música con un entramado de influencias difícil de enumerar sin dejar ninguna de lado y sin olvidar ningún lugar en un viaje musical por el mundo. Desde 2009 este conjunto de voz y música acumula una colección de tres álbumes de estudio plagados de momentos interesantes. 

Y ahí estaba yo hoy, en la sala BARTS, una de las salas con mejor acústica de Barcelona, un año después de descubrirla gracias al uno de los principales mecanismos del mundo: el azar. Puntualmente, acompañada de una banda de músicos profesionales y cercanos, destacando el percusionista y todos sus recursos sonoros, del vacío de un escenario íntimamente iluminado, aparece ella con un semblante de mujer fuerte, delicada e intensa que confirmará con creces a lo largo de las dos horas y cuarto siguientes. 

Momentos de pelos de punta uno tras otro, entre delicadezas, intervalos de todas esas influencias y catarsis musicales con toda la sala de pie entre el éxtasis y la hipnosis contagiándose del mismo estado de ella sobre el escenario. Confirmando, con un baile tribal, por si no estuviera suficientemente claro o por si no fuera suficientemente obvio, que la música despierta instintos primarios en los seres humanos. Que desde tiempos inmemoriales es una contrastada fuerza que conecta directamente con sensaciones y sustancias endógenas adictivas. Con un largo y heterogéneo historial de momentos musicales a mis espaldas puedo asegurar que no he vivido muchos como este. Cuando canciones que has escuchado relativamente poco, o nunca, te hacen emocionarte es que esas frecuencias están tocando los recovecos más profundos de tu alma sin ningún tipo de condicionamiento por haberlas escuchado con anterioridad o tenerles un subjetivo cariño especial. 

Es una pena que a la fuerza sobrenatural de esta chica y la banda que la acompaña no le hagan justicia grabaciones de poca calidad en audios de teléfonos móviles o cámaras digitales y que sus discos, a pesar de ser muy buenos, tampoco transmitan esta sensación. A cualquiera que fuera capaz de repetir esa afirmación categórica de "no entiendo esto de ir a conciertos, oyes el disco y ya está" lo llevaría a un concierto como este.

Y con toda la sala de pie, después de un aplauso infinito, sola en el escenario, a capella y junto con todas las voces de un público también de sobresaliente, se despide con un guiño a Bob Marley de apenas diez segundos: "[...] let's get together and feel alright". Y sí, la música, es tanto o tan poco como eso. Gracias Hindi. 

domingo, 21 de febrero de 2016

Smoking Stones

Sala Bikini, Barcelona

2016-02-20 - Smoking Stones - Bikini - Barcelona


En mi, prácticamente recién descubierta, senda de los grupos tributo me encuentro con un nombre hace casi un mes que nunca había oído antes: Smoking Stones. Fue fácil intuir a quién rendían tributo y, después de haber visto dos veces en mi vida a los auténticos, no podía faltar. 

A las 21:45 llego a una sala que mi memoria había convertido en bastante más grande después de muchos años sin visitarla. En el escenario un grupo que no aparecía anunciado ni en la web ni en las entradas se despedían de una sala aún medio vacía. "Trampled Under Foot" de Led Zeppelin y otros clásicos amenizaron la espera hasta unos quince minutos pasados de las 22:00 cuando las luces se apagaron y apareció la banda esperando a que una camisa de lentejuelas saltara al escenario serpenteante con los acordes de Start Me Up. 

Desde el primer acorde junto con ese "if you start me up..." de Sergio hasta la despedida con Satisfaction casi dos horas después, sobre el escenario se sucedió un despliegue de talento de estos músicos indudablemente motivado por su devoción a los Stones. Cerrando los ojos, y casi sin cerrarlos viendo a Sergio corretear por un escenario que se le quedaba pequeño, regresé a una épica tarde de amenazante tormenta en San Mamés en 2003 y a una noche en el estadio olímpico de Barcelona en 2007. Había algo de extraño y familiar en vivir esta experiencia en una sala tan pequeña. Como si fuera posible viajar en el tiempo a los principios de los Stones en salas de este tipo de aforo. 

"Portem 20 anys fent aixo", dijo Sergio en algún momento, en esa divertida fusión de frases en catalán intercaladas con "oh yeahs" y "all rights" a un impecable estilo Jagger. La música tanto si la vives, la sientes o si trabajas en ella es algo que necesita formar parte de ti y ser tan imprescindible como el oxígeno. Cuando una banda lleva tantos años guiada por ese motor simplemente se percibe en cada nota y, en este caso, con el añadido de la admiración conjunta hacia un pilar fundamental en la historia de la música. 

Se sucedieron éxito tras éxito acompañados de algunas versiones y otros clásicos menos conocidos que aparecen a continuación con un orden totalmente aproximado y con la probabilidad de olvidarme alguna: 

Start Me Up
It's Only Rock 'N Roll
You Got Me Rocking
Let's Spend The Night Together
Shine A Light
Dead Flowers
Angie
Paint It Black
Just My Imagination (Temptations)
Come On (?) (Chuck Berry)
Wild Horses
Tumbling Dice
Happy
Like a Rolling Stone (Bob Dylan)
Honky Tonky Women
Brown Sugar
Gimme Shelter
Jumpin' Jack Flash
Sympathy For The Devil
Satisfaction

Todo eso acompañado por un sonido impecable e incontestable unido a la ilusión acústica y óptica de tener a Mick Jagger a escasos metros que creaba la voz de Sergio junto con un conocido repertorio de poses. En este aspecto destacaría la naturalidad de las poses y la actitud Jagger. De alguna manera es como si simplemente la música de los Stones filtrada a través de su energía se tradujera en un Jagger totalmente natural. En ningún momento resultaba un actor con poses ensayadas sino un reflejo de la sensación y la energía de los Rolling Stones y, especialmente, de Mick Jagger. "Nuestro francés adorado" tal y como presentó Sergio al Keith Richards de la noche no se quedó atrás en su interpretación de Happy. 

En otro orden de cosas me esperaba un público bastante más volcado. Desde mi perspectiva frente a la mesa de mezclas se apreciaba un sector a la derecha y otro por la parte delantera que estaban tan emocionados como yo. Sin embargo un porcentaje de la sala no parecía estar sintiendo lo mismo. Supongo que es una sensación subjetiva. 

Posdata: Padres del mundo que decidís llevar a vuestros hijos pequeños a conciertos y que, seguramente no los expondríais horas al sol sin crema, por favor, llevadlos con algún tipo de protección para sus oídos. Gracias. 

domingo, 29 de noviembre de 2015

The Other Side: A Pink Floyd Live Experience

Sala Razzmatazz, Barcelona

2015-11-28 - The Other Side: A Pink Floyd Live Experience - Razzmatazz - Barcelona

A modo de crónica copio a continuación un e-mail que envié al grupo: 

En los últimos diecisiete años habré ido a más de cien eventos musicales, incluyendo artistas invitados y festivales puede que haya estado en unos doscientos conciertos en total de los estilos más variados e imaginables. Esto me ha hecho desarrollar una capacidad de percibir si un concierto va a ser especial desde el mismo segundo en que se apagan las luces. Y eso es exactamente lo que me ocurrió el sábado pasado en Razzmatazz. De hecho, incluso antes, cuando entré en la sala sonaba "When the Music's Over" de The Doors, una canción imprescindible en la banda sonora de mi vida. Simplemente escucharla en esa sala en la que he estado tantas veces y ver la disposición del escenario, las luces simétricamente estudiadas y la pantalla redonda con las letras brillantes (y el queso!) me transmitió esa sensación que tanto me gusta percibir de que ese es el mejor lugar en el que podría estar en ese momento.

Hace unas semanas, mirando los conciertos que había en la ciudad, leí "Pink Floyd" y después de ver algunos minutos de vídeos vuestros en YouTube, mirar por encima vuestra web y ver una setlist de un concierto de 2014 en setlistfm le di a comprar sin pensar mucho más. Y así, con ese relativo desconocimiento, llegué a Razzmatazz el sábado, a ver qué me encontraba. 

Desde mi sitio estratégico en los escalones de la parte de atrás de la sala, viendo todo desde unos treinta centímetros por encima, con la mesa de sonido a mi derecha, disfruté de casi tres horas mágicas en un sueño "floydiano" del que no quería despertar. Entre muchas otras cosas, con ese momento Echoes sublime e inolvidable. Hace más de ocho años vi a Roger Waters en la gira del Dark Side Of The Moon. Un concierto increíble también. Y, hasta el sábado, eso era lo más cerca que había estado de experimentar en directo las sensaciones que estas canciones me han transmitido tantas veces en diferido. Vuestro concierto me ha dejado un sensación incluso mejor que aquel y, sin duda, me trasladé a un mundo a través del espacio y el tiempo, un mundo en el que yo ni siquiera había nacido pero en el que mi madre escuchaba y adoraba esta música. Mi madre me descubrió a Pink Floyd junto con la base más importante de mi cultura musical. Ella también hubiera quedado fascinada con vuestro concierto, quizás desde una dimensión "interestelar" también lo disfrutó tanto como yo. 

Aprovechando la cercanía, como mínimo geográfica, os escribo para agradeceros la energía y la fuerza que trasmitís. Ojalá todos los conciertos a los que voy me dejaran esta sensación. Estos días he leído que fue Shanti quien os reclutó a todos para hacer realidad un sueño. Como os decía al comienzo, después de tantos conciertos y de conocer y apreciar tanta música diferente, sé percibir esa fuerza, esa necesidad de estar ahí encima del escenario y hacer y vivir la música. De sentir que la música es un motor que tiene un poder más allá de lo que se pueda explicar y de lo que mucha gente pueda llegar a entender. 

En más de una ocasión he visto a artistas con grandes giras y montajes millonarios que no tenían ni la milésima parte de vuestra energía y profesionalidad. La perfección y profesionalidad estaba en todas partes más allá de lo puramente musical: la transición de las luces y las imágenes de la pantalla, los nombres perfectamente organizados de los diferentes ajustes del ingeniero de sonido haciendo sonar nítida y perfecta cada nota en una sala nada preparada acústicamente, los sofás para las niñas de Another Brick in the Wall en el balcón, vuestro road manager siendo quien pasa el láser a las entradas, la presentación del grupo sin olvidar a nadie. La lista sería infinita. La energía que trasmitís todos es admirable y, en particular, esa fuerza increíble que transmite y se fusiona con la de la música y todo lo que le rodea del que, desde su silla de oficina tras los teclados, ha sido, de alguna manera, el "arquitecto" de todo esto. Seguramente conseguirá cualquier otro objetivo o proyecto que se plantee. Sobre diferentes escenarios y conciertos he visto a muchas personas pero entre todas ellas no hay tantas como él, con esa fuerza y luz. Con carisma. 

Gracias de nuevo por la noche del sábado y ojalá pueda veros muchas veces más!

Suerte con todo lo que hagáis!

"[...] music is your only friend, until the end..."
- "When The Music's Over", The Doors